Después de dormir una hora, levantarme a las 4 de la mañana para llegar al aeropuerto a tiempo (por cierto, tengo que decir me que acercó Clemcy trabaja cerca y entra a las 5:30, detallazo por su parte), llego a la puerta de embarque y me dicen amablemente que me quite de en medio, trato de leer todos los carteles que puedo pero no veo nada, entonces pregunto a otra amable señorita, porque a la primera solo le ha faltado morder amablemente mientras ladraba, esta me explica un poco más y me da un papelito en el que dice que me regalan 200$ para próximos vuelos con Jetstar y en letra pequeña piden disculpas porque resulta que han reservado más plazas para el vuelo de las que tenían disponibles, "mecagonsuputamadre..." digo bajito, pero entendible, dicen que van a tratar de recolocarnos en otros vuelos para que podamos llegar a Sydney y que nos dirán algo en 15 minutos. El chico que está a mi lado rubio, con ojos azules y con una cara de australiano muy reconocible me pregunta en perfecto español que de que parte de españa soy, él es de málaga, demostrando que soy un maestro reconociendo nacionalidades a simple vista. 4 horas después llego a la Golden Coast a unos 1800 km al norte de Sydney, la amable señorita de la terminal de Christchurch hizo todo lo posible y me consiguió un vuelo desde aquí a Sydney que sale dentro de otras 4 horas, por lo tanto acumularía un retraso total de 8 horas. Al entrar en Australia tienes que pasar un minucioso control para evitar que introduzcas especies extrañas de plantas o de animales, por lo tanto tuve que recoger mis mochilas y volver a facturar otra vez. Al intentar facturar para el vuelo local, me dicen que todavía no se puede facturar para ese vuelo y que tengo que esperar. Pero tengo un pasatiempo estupendo, en el vuelo anterior a parte de ver desde la ventana el monte Cook, Castle Hill y un montón de sitios en los que había pasado estos últimos meses y echar una lagrimita, me doy cuenta que no recuerdo haber metido el disco duro donde guardo todas las fotos del viaje, mi corazón se dispara y empiezo a ver imágenes de los niños de la granja comiendose mi disco duro, bit a bit, intento recordar pero por más que lo intento solo consigo ver claro en mi cabeza el haber pensado que por nada del mundo tenía que perder ese disco. Con la agonía, me decidí a vaciar mis dos mochilas para comprobar si tenía el disquito, antes de nada, pensé que no estaría mal contactar con Toni, la mujer de la granja, para que buscar en mi habitación. Mientras tanto veo que ninguno de mis compañeros de viaje afectados por el overbooking está esperando y por el contrario veo que han facturado sus maletas, me dirijo al mostrador y la chica me dice muy amablemente que me puede cambiar el vuelo a uno que sale más pronto sin problemas, quedo perplejo y me pregunto que COJ....S le pasaba a la chica de Christchurch y a la chica de hace un momento que me ha dicho que espere.
Tres horas después desciendo del avión en Sydney, después de haber visto por la ventanilla del avión toda Sydney, el Opera House, el Harbour, central Park, Mainly Beach, Bondi, The Rocks, Kings Cross, eso sí, todo muy pequeñito. En el aeropuerto de Sydney me decido a inspeccionar una de las mochilas que voy a dejar allí todo este tiempo para ahorrar peso, todo el mundo observa mis gallumbos pero yo no consigo ver mi disco duro. Consigo enviar un mensaje a la mujer diciendo que me devuelva mi disco duro, por favor,se que lo tiene escondido en algún sitio. En el camino al hostel que tengo reservado en la playa de Bondi me doy cuenta de dos cosas: 1) las chicas están más buenas en Sydney, pero con diferencia 2) son bastante más expresivos y más bordes que los kiwis... es decir, me encuentro como en casa. Ya en la habitación del hostel me doy cuenta de más cosas 1) este sitio apesta 2) va a ser complicado dormir con la música salvaje que se oye por la ventana y dentro del hostel, menos mal que estoy más petao que las casetas de la feria de abril, además el colchón está lleno de muelles a flor de piel que consiguen su objetivo a la perfección: joderte la vida. Voy sacando todas las cosas de mi mochila y el disco no aparece, la mujer ya me ha respondido y me ha dicho que no lo encuentra, mientras voy mojando mi ropa con las lágrimas veo en el fondo de la mochila un resplandor, el cielo se abre y una mano gigante aparece con el dedo índice señalando algo, sí, no estoy tan mal, aun sin recordarlo mi cerebro pensó que era muy importante y hace unos días lo metió en el fondo de la mochila, me doy cuenta que tengo que respirar y con una profunda bocanada lleno de aire mis pulmones. Más aliviado me doy un paseo por la playa en chanclas y bañador. Son las 5 de la tarde y por fin puedo disfrutar de esta ciudad. Andando por la playa llego a una zona preciosa de rocas de arenisca que es azotada por las olas del mar, voy andando entre rocas, de repente una ola más grande de lo normal hace que el agua me llegue a las rodillas, mientras salto a una roca más elevada una de mis preciosas chanclas sale despedida y se va flotando con la ola que se retira, salto al agua a por ella y la consigo alcanzar. Mientras tanto otra ola ha entrado y casi me cubre hasta la cintura. El agua empieza a tirar y yo lo último que quiero es caerme entre las rocas, salto a la roca elevada perdiendo la otra chancla, esta vez la fuerza de la ola es mayor y veo como se aleja entre las olas. Con una chancla en la mano y la otra flotando en el agua ya a unos 20 metros de distancia la miro desconsolado como si fuera un barco cargado de seres queridos que se aleja en la penumbra del atardecer. Muy digno meto la chancla en mi mochila y me voy andando al hostel, descalzo. Aquí se hace de noche muy pronto, y teniendo en cuenta que hay dos horas de diferencia horaria entre NZ y Australia a las 8 de la tarde estoy muy cansado, trato de hacer tiempo pero es imposible. La fiesta en el hostel es descomunal, música por todos lados y en mi habitación gente viendo una película. Me quito la ropa, me meto en la cama llena de muelles a flor de piel, y me duermo, 10 horas después me despierto, son las 6 de la mañana, me doy la vuelta, me clavo un muelle y me vuelvo a dormir. A las 8:10 decido que 12 horas durmiendo son suficientes y con la marca de los muelles en la espalda me levanto bastante recuperado.
Sydney es una ciudad enorme, ella solita tiene más población que toda Nueva Zelanda y además está llena de turistas. He de reconocer que fue emocionante ver el Opera House, es como ver a un famoso, parece que lo conoces de toda la vida. Es un edificio muy curioso y brilla tanto porque resulta que los muros redondeados están recubiertos de azulejos blancos, muy castizo. He comprado un billete para todos los transportes de la ciudad que dura un día. Hago lo que hace todo el mundo, muchas fotos y poner cara de "...WTF.." cuando ves los enormes rascacielos de la ciudad. Barco, bus, metro, tranvía voy tachando todos los transportes uno a uno. Es curioso estoy rodeado de millones de personas y de más gente de la que he visto en casi tres meses en NZ pero me siento solo. Es sábado por la noche, la gente se ha puesto sus trajes de gala y salen a tomar algo. Una cálida noche de otoño, todo el mundo sonríe y yo estoy en bañador, paseando, observando... bodas, cenas de amigos, familias, gente bien vestida, gente aparentemente feliz y me siento marginado, a parte, fuera de lugar o quizás es envidia, el caso es que no parece una mala ciudad para vivir, buen clima, buen ambiente y es bonita, en su estilo, pero bonita. Vuelvo al hostel no sin antes hacer una Bonachada. Cojo un metro para ir a mi hostel, me equivoco de tren y me bajo en la primera parada, salgo a la calle y veo que el autobus que me lleva al hostel para muy cerca, cruzo la calle y espero, al rato viene uno, me monto y al cabo de unos 10 minutos me vuelvo a bajar en el centro de Sydney, última parada, exactamente el mismo sitio de donde venía. Vuelvo a coger el mismo autobus y esta vez sí, me lleva al hostel de la fiesta padre. La noche anterior se repite, pero inexplicablemente estoy super cansado y vuelvo a dormir.